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Lección 4: Dios estaba en Cristo

Adaptado de “Doctrinas Básicas de la Biblia” de Lucien E. Coleman

En un rincón de un salón de clase durante la escuela dominical, una niña estaba muy ocupada con una caja de lápices de colores. La maestra le preguntó qué estaba haciendo.

-Estoy haciendo un dibujo de Dios- contestó la niña.

-Pero, ¿cómo sabes a qué se parece Dios?- preguntó la maestra.

-No lo sé- dijo la niña-. Por eso lo estoy dibujando. Quiero descubrir cómo es.

Lamentablemente no es así tan fácil. ¿Recuerda lo que dijimos sobre la santidad de Dios en la lección 2? Decir que Dios es santo es decir que él es completamente distinto del hombre y de todos los seres creados. Entonces, ¿cómo podrá entenderlo el hombre? El hombre no tiene lenguaje apropiado para describir a Dios. ¿Cómo es posible para el hombre saber cómo es su Dios?

Dios resolvió el problema viniendo al mundo en la per­sona de Jesucristo. Vino y habitó entre los hombres. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). Como Cristo, expuso la glo­ria de Dios, corno hombre, Jesús, hizo que la gloria de Dios fuese comprensible para nosotros. Cuando entramos a esta lección sobre la doctrina bíblica de Cristo, debemos confesar junto con el autor del cuarto Evan­gelio: “Y hay también otras cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribiesen una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Jn. 21:25). El tema es tan grande que no podemos esperar decir todo lo que quisiéramos sobre Cristo. Sin embargo, exploremos algunas de las enseñanzas importantes de las Escrituras concernientes a la persona de Cristo.

Pensando en el Tema ¿Cómo explicamos a Jesús? ¿Cómo explicamos a alguien que fue tanto divino como humano? ¿Señor de todos tanto co­mo siervo de todos? ¿Cómo es posible explicar el hecho de que el mismo que declaró ser la resurrección y la vida experimen­tó una muerte tan terrible? La verdad es que no podemos ex­plicarlo fácilmente. Sólo podemos procurar aumentar nuestro entendimiento de su persona. Esta es nuestra meta en esta lec­ción.

JESÚS EL HOMBRE. Comencemos con aquel aspecto de Jesús que es más fácil de pasar por alto. Las Escrituras dejan bien claro que Jesús fue hombre. Sea quien fuese, él era humano. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). Fue “nacido de mujer” (Gá. 4:4) y se crió en la casa de José, un carpintero que vivía en Nazaret. Experimento plenamente su humani­dad. El autor de Hebreos dice que fue hecho como sus herma­nos “en todo” (He. 2:17).

Jesús vivió y murió como hombre. Una de las expresiones más claras de esta doctrina en el Nuevo Testamento se encuen­tra en Filipenses 2:7,8 “Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la con­dición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

Pero él no era meramente un hombre. Él era el hombre per­fecto. Llegó a ser lo que Dios había planeado que el hombre hubiese sido siempre. Por eso, Pablo lo puso como ejemplo pa­ra todo hombre: “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef.4:13). No vino a este mundo para mostrarnos como ser supe humanos. Llegó a ser uno de nosotros para mostrarnos lo que significa ser plenamente humanos. Jesús e 1 Cristo). En un lugar escogido de las costas de Cesarea de Filipos, Jesús hizo a sus discípulos una importan­te pregunta: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”. Simón Pe­dro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Aparentemente, Jesús aprobó su respuesta, por­que dijo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (v. 17).

Al fin del cuarto Evangelio, el autor declara que la ra­zón por la cual escribió este evangelio fue para mostrar que Jesús es el Cristo (jn. 20:31). Con tanta frecuencia se hace referencia a Jesús como el “Cristo” que la palabra llegó a ser una parte de su nombre: Je­sucristo. Pero ¿qué significa llamar a Jesús “el Cristo”? La respuesta a esta pregunta no es simple, pero si podemos en­tender lo que significa “Cristo”, nos ayudará mucho a entender su misión.

El término “Cristo” significa lo mismo que Mesías. El pueblo judío había venido a creer por mucho tiempo que un rey designado por Dios vendría para gobernar a Israel y lo trans­formaría en la mayor nación de la tierra. A ese rey esperado lo llamaban el “Ungido” (Los hebreos tenían la costumbre de ungir a los que elegían como reyes, derramando aceite sobre sus cabezas. En 1 Samuel 16:1-13 se nos cuenta cómo Samuel ungió a Saúl como rey). Casi todo el mundo pensaba que este Mesías Rey sería un poderoso líder militar, un rey guerrero que guiaría a los ejércitos de Israel como lo había hecho David. De hecho, a menudo se referían al Mesías como el “hijo de David”, como lo dicen Mateo 9:27 y 22:42. Esta expectativa creó un problema para Jesús. Aunque quería que la gente supiera que él era el Mesías, él no era el tipo de Mesías que ellos estaban esperan­do. Jesús no pretendía ser un líder militar. Por eso es que al­gunas veces él dudó en aplicarse el -término “Cristo” (Mesías). El vino a establecer un reino espiritual, no militar. En Juan 18:33-36 Jesús explica a Pilato que él es realmente rey, pero yo reino no es de este mundo. El se convirtió en un tipo diferente de rey.

Jesús declaró ser el Cristo. Pero su intención era esta­blecer su reino por medio del sufrimiento más bien que por medio de la espada. (Para un estudio más profundo de este tema, lea Lucas 4:5-8, con el relato del rechazamiento del tentador de hacerlo un rey poderoso y con Mateo 12:17-21, donde Jesús citó un pasaje de Isaías para describir el tipo de Cristo que preten­día ser.)

Como Cristo, Jesús era el Siervo-Mesías. Pero debemos dar atención a otro significado del término “Cristo”. Corno Cristo, Jesús pretendió también ser el “Hijo del Hombre”. Este tam­bién era un término que los judíos a menudo usaban para des­cribir al Mesías que esperaban. Cuando dieron al Mesías el título “Hijo del Hombre”, estaban pensando en la gloriosa fi­gura descrita en Daniel 7:13,14; “Miraba yo en la visión de noche, y he aquí en las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre… y le fue dado dominio, gloria, y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su do­minio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.

A veces Jesús se refirió a sí mismo como el Hijo del Hom­bre, cuando quería hablar de su victoria final como Redentor y Juez (Mateo 16:27 ss.; 19:28; 25; 31).

Cuando llamamos “Cristo” a Jesús, nos referimos a (l) al Siervo Sufriente, (2) al Salvador de su pueblo, (3) al funda­dor de un reino espiritual y (4) al Hijo del Hombre, que un día volverá en triunfo.

Jesús el Hijo de Dios. El nombre “Hijo de Dios” es usado en la Biblia en más de un sentido. Por ejemplo, los cristia­nos a veces son llamados los “hijos de Dios” en el Nuevo Testamento (Ro. 8:14; Gá. 3:26; 1 Jn. 1:3).

Sin embargo, este término se aplica a Jesús en un senti­do especial. Las palabras tan familiares de Juan 3:16 lo hacen claro. Aquí Jesucristo se refiere a sí mismo como el “unigénito Hijo de Dios”. (Algunos eruditos del Nuevo Testamento señalan que una traducción más literal sería “su único Hijo” o “su único Hijo nacido”. Pero en todo caso el sentido es el mismo.)

Encontramos una referencia similar a Cristo como “Hijo unigénito” de Dios en 1 Juan 4:9. Cuando los creyentes son llamados hijos de Dios, signi­fica que son los

hijos adoptados por el Padre. (Véáse Juan 1:12; 17:22; Gá. 4:5). Pero sólo Jesús es el Hijo “natural”.

El Hijo era uno con el Padre desde el principio (Juan 1:2). En Juan 1, el “Verbo” y el “unigénito del Padre” son una y la misma persona, tal como se ve en el v. 14. “Todas las cosas fueron hechas por medio de él” (jn. 1:3). El autor de la epístola a los Hebreos nos dice que el Kijo es el “heredero de todo” y que es “el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia” (1:2,3). Durante su vida terrenal, Jesús demostró que él es el Hijo de Dios, el Padre, quien vive en perfecta obediencia a la voluntad del Padre. Entre los numerosos pasajes sobre este punto están los siguientes: Juan 4:34; 5:19,20; 6:38-40; 7:16; 9:4; 10:15,18,30; 12:44,49; 14:10-13,31; 15:23; 17:1,2,5,25 y Mateo 26:39,

Jesús el Señor. La más antigua confesión de la fe cristiana que conocemos aparece en Romanos 10:9, “que si con­fesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu co­razón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. A la vez que confesamos que Jesús es el Salvador, no debe­mos olvidarnos de confesar que él es el Señor. Rendirnos a su señorío es una parte de las condiciones para llegar a ser cristianos al igual que confiar en él como Salvador.

El Huevo Testamento está lleno de referencias a Jesús como Señor. De hecho, “Señor” a menudo llegó a ser parte de su nombre y así es llamado el “Señor Jesucristo” (Hechos 11:17 16:31; Ro.l:7; 5:11; 1 Co. 1:10; Gá. 6:14; Ef. 1:3; 1 p. 1:3; Jd. 21; Ap. 22:21). “Señor” significa “gobernante” o “alguien que tiene autori dad”. De modo que llamar a Jesús “Señor” significa inclinarse ante su autoridad en todo. El apóstol Pablo mostró que él en­tendía claramente el significado del señorío de Cristo en su vida cuando se llamó a sí mismo “Pablo, siervo de Jesucristo” (Ro. 1:1). Esta debería ser la relación de todo cristiano con Jesucristo. Somos sus siervos y él es nuestro Amo. No podemos pasar por alto el señorío de Cristo. Hay un solo tipo de cristiano: el que reconoce a Jesús tanto como Salvador así como Señor. Y su señorío demanda obediencia. “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Luc. 6:46). Llamar a Jesús Señor sin obedecerle es una hipocresía.

Su señorío no se limita a aquellos que han llegado a ser sus seguidores. El es el Señor de toda la tierra. Es Señor ahora. Hay muchos que no reconocen su señorío. Pero un día lo harán, porque “Dios también lo exalté hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesucristo se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:9-11).