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Lección 6: El significado del discipulado cristiano

Adaptado de “Doctrinas Básicas de la Biblia” de Lucien E. Coleman

En la primera parte de su ministerio en la tierra, Jesús caminó junto al mar de Galilea donde vio a dos hombres pescan­do y les dijo: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19). Un poco más tarde caminando por un ca­mino, llegó a donde estaba un hombre trabajando en la mesa de los cobradores de impuestos. Le dijo al cobrador: “Sígueme” (Mateo 9:9). Un hombre vino a él preguntándole por la vida eterna y Jesús le extendió una invitación: “Ven y sígueme” (Mateo 19:21). ¡Con cuánta frecuencia Jesús repitió la misma invitación: “¡Sígueme!”

Pero ¿qué significa esa invitación? ¿A qué estaba lla­mando Jesús a esos hombres? La respuesta es que los estaba lla­mando al discipulado. Así ocurre hoy también. Jesús no nos ofre­ce simplemente un lugar en el cielo en un tiempo futuro, sino que también nos llama a hacer algo y a ser alguien en el pre­sente. Nos llama a ser sus discípulos. La promesa de salvación a los hombres sin el discipulado rebaja el evangelio. Jesús nunca hizo una promesa así. El dis­cipulado tiene un lugar tan importante en el pensamiento de Jesús que no podemos ignorar esta tan importante doctrina neo- testamentaria.

Uno de los problemas de la religión cristiana en nuestros días es que se ha convertido en algo tan popular. Ha llegado a ser un motivo de prestigio en nuestra cultura. Mucha gente quiere considerarla como una cosa livianita antes que como el poder de Dios para salvación. Chasquean los dedos y golpean los pies al ritmo de fáciles melodías sobre el hombre de Galilea. Pero ¿cuántos de ustedes han oído una de esas canciones popu­lares basada en las palabras de nuestro Señor: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Le. 13:3) .Y ha oído una melodía que se convirtiera en éxito comercial usando las palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”? (Le. 9:23).

Una de las palabras que parecen estar ausentes de nuestro vocabulario religioso, es la palabra “discipulado”. Es bastan­te extraño que sea también la palabra que más a menudo falta en la conversación de la gente de la iglesia. Hablamos de creer, de permitir que Dios haga su voluntad, de ser salvos. Pero po­cas veces hablamos sobre el discipulado, a pesar del hecho de que Jesús repetidamente usó este término para describir a los que le pertenecen.

Quizá el cristianismo pueda ser definido como algo más que discipulado. Pero por lo menos esto es cierto: que no hay cristianismo sin discipulado. El propósito de esta lección no es ayudarle a estar mejor informado de la doctrina del discipulado, sino también para darle un mayor sentido de su importancia.

EL DISCÍPULO ES UN SEGUIDOR. Poco después de la confesión de Simón Pedro en Cesarea de Filipos, Jesús dijo a aquellos que estaban con él: “.Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame” (Mr. 8:34). La palabra “seguir” en esta cláusula es la palabra griega akaloutheo en el Nuevo Testamento. No hay manera de traducir­la con un solo término en castellano, sin hacerle perder algo de su rico significado. En la época en que Jesús usó esta palabra, akaloutheo, se usaba generalmente para describir la forma en que los soldados seguían a sus comandantes en la ba­talla. Era usada para describir la forma en que un esclavo se­guía a su amo. Y a menudo era también usada para indicar la obediencia a la ley.

Pero la mayor parte del significado neotestamentario de la palabra surge del uso de los judíos del tiempo de Jesús. Los jóvenes se transformaban en discípulos de un bien conocido rabí (“maestro”) “siguiéndole”. Esto significaba que dejaban su familia y daban al rabí toda su lealtad y devoción.

El discípulo consideraba al rabí como a su amo. Le servía diariamente. Escuchaba con cuidado sus palabras. Observaba la forma en que vivía su maestro y trataba de imitarlo. El discí­pulo viajaba con su maestro, comía con él, se alojaba con él y compartía su destino, sea que eso significara gloria o vergüenza. Todo esto estaba involucrado en la palabra “seguir”. Jesús quiso que supieran que la decisión de seguirle no era asunto liviano. Hizo requerimientos duros, de hecho tan du­ros que algunos se volvieron atrás (Le. 9:57-62; Mt.19:22:Le.14:33).

En Juan 6:66 se cuenta un incidente muy revelador. Allí leemos: “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.” ¿Qué fue lo que les molestó tanto como para dejar de ir detrás de él? El versículo 2 del capítulo probablemente nos da la respuesta: “Y le seguía gran multitud, porque veían lo que hacía con los enfermos” (Jn. 6:2). Mientras estaba curando enfermos o repartiendo pan (Jn. 6:5-14), estaban dispuestos a seguirle. Pero se volvieron atrás cuando comenzó a referirse a su próxima muerte (“El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mun­do”, v. 51) y cuando se dieron cuenta de que seguirle era pe­ligroso (Jn. 5:18).

Pero Jesús no estaba dispuesto a permitir esa clase de discipulado de corazones a medias. La consagración a seguirle y ser así sus discípulos, es absoluta. El discípulo debe decir, con las palabras de una canción cristiana bien conocida: “He decidido seguir a Cristo…No vuelvo atrás, no vuelvo atrás.” La persona que se convierte en discípulo de Cristo debe “que­mar sus naves” detrás de él (Le. 9:62).

EL DISCÍPULO ES ALGUIEN QUE APRENDE. La misma palabra “discípulo” significa “alumno”. Un discípulo que no aprende es tan inútil como un carpintero que no sabe usar el martillo. Una persona se inscribe en la escuela de Cristo cuando se transforma en su discípulo. En esta escuela no hay vacacio­nes ni recesos. El tema de estudio es Cristo mismo. “Llevad mi yugo sobre vosotros”, ordenó “y aprended de mí” (Mt. 11:29).

La gran comisión (Mt. 28:19,20) demuestra la relación en­tre el discipulado y la enseñanza. Notemos el orden (l) hacer discípulos; (2) bautizarlos; (3) enseñarles. Aun Pablo, una de las grandes mentes de la historia del cristianismo, nunca dejó de aprender. Poco después de su con­versión, pasó tres años en Arabia, donde, según se cree, estu­dió y oró para poder llegar a ser un mejor heraldo de Cristo (Gá. 1:17), En 2 Timoteo hay una pequeña frase que nos dice que, al final de su carrera cristiana, este gran discípulo todavía era un ansioso estudiante: “Procura venir pronto a mí”, escribía a su hijo en el ministerio (2 Ti. 4:9). “Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas, en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos (2 Ti. 4:13).

Si aun el más grande de los apóstoles sintió la necesidad de seguir aprendiendo después de convertirse en seguidor de Cristo ¿por qué muchos discípulos actuales menosprecian la ense­ñanza cristiana en todas sus formas? Nunca estudian la Bi­blia, ni participan en la escuela dominical o los programas de capacitación de la iglesia y nunca asisten a los cursos de estudio. ¿Por qué? En términos prácticos, este aspecto del discipulado cristiano significa un estudio continuo, estudiar la Biblia y también el estudio de la literatura cristiana. Significa participar en cursos como éste. Significa luchar continuamen­te para adquirir más conocimiento.

EL DISCÍPULO ES UN “HACEDOR”. Ser discípulo significa mucho más que aprender “con la cabeza”. Los discípulos de Cristo aprendieron haciendo. Aprendieron la lección del amor como el de Cristo amándose el uno al otro (Juan 13:55). Aprendieron su palabra haciendo su palabra (Juan 8:31). Probaron que eran verdaderos discípulos llevando fruto de discipulado’; “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.”

Si hemos de tomar seriamente la fuerte enseñanza de la parábola de la viña en Juan 15:1-8, haríamos a un lado la dis­tinción falsa que a veces hacemos entre cristianos “activos” e “inactivos”. Jesús hizo claro que los discípulos “activos” son la única clase de cristianos. Todo cristiano sin excepción sin tener en cuenta su edad, educación o su ocupación, está obligado a encontrar su misión en la obra redentora de su Señor. Esto no quiere decir que todo discípulo debe tener un cargo en la iglesia local. No todos pueden ser maestros. No todos están llamados a ser diáconos o pastores. No todos tienen su­ficiente talento musical como para cantar en el coro de la iglesia. Pero en alguna forma Cristo tiene una misión para cada uno de sus seguidores.

EL DISCÍPULO ES ALGUIEN QUE LLEVA LA CRUZ. Llevar la cruz es una parte ineludible del discipulado cristiano. Jesús lo dijo claramente: “El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo ” (Le. 14:27; ver también Mt. 16:24,25).

¿Qué es llevar la cruz? Una palabra importante se encuentra en Filipenses 2:4-8. Allí leemos que Jesucristo se humilló a sí mismo y se trans­formó en uno de nosotros. Eso es lo que finalmente lo llevó a la cruz. Fue “contado con los pecadores, habiendo él lle­vado el pecado de muchos” (Is. 53:12). Hizo que nuestros pe­cados fueran suyos; nuestra carga se transformó en su carga. El cumplió las palabras de Isaías: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:1-9).

Llevar la cruz, significó para Jesús sufrimiento en lugar de otros. La cruz fue el precio que tuvo que pagar para hacer la voluntad de Dios. ¿No significa eso lo mismo para nosotros? ¿Llevar la cruz no es el acto de tomar sobre nosotros las tribulaciones, sufrimiento y cargas de otros? ¿No es tomar su propia cruz diariamente el precio que un cristiano tiene que pagar para hacer la voluntad de Dios?

Hace algunos años, cuando la controversia sobre la inte­gración racial en las escuelas norteamericanas estaba en su punto álgido, un pastor bautista vio que surgían problemas en su pequeño pueblo de Tennessee. Legalmente, las puertas de las escuelas que antes eran sólo para blancos, ahora estaban abiertas para todos los niños de todas las razas. En reali­dad, las familias negras tenían miedo de mandar a sus niñitos a esas escuelas, porque tenían que abrirse paso a través de las pandillas burlonas y amenazadoras de blancos que bloqueaban las puertas de esas escuelas.

El pastor bautista podía haberse quedado cuidando de sus asuntos espirituales, como algunos amigos le aconsejaron. Po­día haberse quedado al margen del problema, pero no lo hizo. Colocándose entre los niños negros, los tomó de la mano guiándolos a través de las turbas enfurecidas. Cuando salió de la escuela ese día, en el camino de regreso a la iglesia, fue asaltado por un grupo de pandilleros que lo golpearon e insul­taron por lo que había hecho. Sin duda, esas familias negras podían mirar a ese pastor bautista y decir: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores”

Llevar la cruz no siempre es fácil. El camino de la cruz es siempre costoso. Jesús lo sabía. Por eso, en una ocasión, preguntó a sus discípulos: “¿Podéis beber de la copa que yo bebo?” (Mt. 20:22). Lo más seguro es cuidarse de las cosas propias y dejar solos a los demás; lo más costoso es mirar por los intereses de los otros. Lo más conveniente es no molestarse por los que viven apartados de Cristo y de su igle­sia. Lo más costoso es ir a ellos y hacer que sus sufrimien­tos sean los nuestros. El camino más fácil es ignorar a aque­llos que están perturbados o que son despreciados. El camino costoso es identificarse con sus problemas y compartir su rechazo. El camino del discipulado es siempre costoso.

Aplicación Práctica

1. Sé que tomo seriamente el discipulado cristiano porque………………..

2. Recuerdo haber hecho una consagración definida de seguir a Cristo. El día……

3. Si se me pidiera que diga una evidencia concreta de que estoy llevando la cruz, diría:

4. A fin de hacer que la gente de mi iglesia tome más seriamente el discipulado, voy

CONCLUSIÓN “El discipulado significa…”

El discípulo es un seguidor

El discípulo es alguien que aprende

El discípulo es un “hacedor”.

El discípulo es alguien que lleva la cruz