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Lección 11: El concepto cristiano de la muerte

Adaptado de “Doctrinas Básicas de la Biblia” de Lucien E. Coleman

Un laico cristiano muy consagrado, buen amigo de su pas­tor, sufrió un grave ataque cardíaco. Ya había tenido otros dos anteriormente. Una tarde cuando él y su pastor estaban charlando amistosamente, dijo: “Pastor, yo sé que se espera que los cristianos no deben permitir que les perturbe el pensamiento de la muerte, pero, a decir verdad, yo tengo miedo de morir.”

¿Cuál es la actitud cristiana correcta frente a la muer­te? ¿Y, qué ocurre después de la muerte? Esta lección tiene el propósito de considerar esas pre­guntas. Debemos abordar el tema con humildad, reconociendo que no tenemos todas las respuestas. Podemos estar agradecidos que la Biblia nos da algunos vislumbres del tema, pero no conoce­remos todas las respuestas hasta el día cuando veamos al Maes­tro cara a cara.

Mucha gente piensa que el pensamiento de la muerte es tan desagradable que es mejor eludir el tema. Por ejemplo, si al­guien de la familia ha muerto, dicen a sus hijos: “Se ha ido a un largo viaje” o inventan alguna historia para evitar enfrentarse a la realidad de la muerte. Colocamos el cuerpo en un cajón lujoso y le encendemos luces tenues rodea­das de flores. En el cementerio, apenas miramos la tierra que es arrojada a la tumba para cubrir el ataúd. En algunos casos, la familia y los amigos ni se quedan para el entierro en sí. Los cementerios son considerados como “lugares de des­canso” antes que enterratorios para cuerpos sin vida.

La Biblia no presenta esa imagen negativa de la muerte. Enfrenta cara a cara la realidad de la muerte. Las Escritu­ras pintan la muerte como la realidad terrible y oscura que realmente es. Le da el nombre de enemiga: “El postrer ene­migo que será destruido es la muerte” (l Co. 15:26). En las Escrituras, la muerte es considerada como algo inevitable y final. “Porque de cierto morimos, y somos como aguas derramadas por tierra, que no pueden volver a recogerse” (2 S. 14:14j véase también Job 16:22; Sal. 39:4; 103:14; Jn.9:4; Ro. 14:8; Hch. 13:14; 2 Co, 5:1,4,8; 2 Ti. 4:6; 2 P. 1:14).

Sin embargo, si bien la Biblia adopta una visión hones­ta sobre la cruda realidad de la muerte, no nos deja sin espe­ranza. La Biblia presenta respuestas seguras y ciertas al pro­blema de la muerte.

LA PROMESA DE LA VIDA ETERNA. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). Para encontrar una respuesta bíblica a la muerte, no necesitamos ir más allá que el más conocido versículo del NT. Juan 3:16 lo resume en pocas palabras. La vida eterna, sin lugar a dudas, es permanente, pero es más que eso. La vida eterna es una clase de vida completa­mente nueva, la clase de vida que viene de Dios. Es tan diferen­te a la vida terrenal como nuestras horas de vigilia son de nuestras horas de sueño.

La promesa de la vida eterna está tan definidamente en el mismo corazón del evangelio cristiano que alguien que no cree en la vida eterna no puede decir que realmente cree en el evangelio. Como lo ha dicho un teólogo: “Dudar de la vida e terna es descartar las promesas de Dios, ser desobediente a la Palabra de Dios, poner nuestra confianza en nuestro enten­dimiento y sentidos propios


La fuente de la vida eterna es Jesucristo. “Yo soy la resurrección y la vida”, dijo el Maestro, el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn. 11:25,26). Hablando estrictamente, la vida eterna no es la “vida después de la muerte”. Por lo menos no es sólo eso. El cre­yente recibe vida eterna en el momento en que es nacido en Cristo. Es una esperanza futura, pero también una posesión presente.

EL LADO BRILLANTE DE LA MUERTE. Ya ha sido señalado que la Biblia no trata de suavizar la dura realidad de la muerte. Los autores del NT no siempre consideran a la muer­te como una tragedia irreparable. Pablo pensaba en la muer­te como una liberación de los sufrimientos y penurias de la vida. Eso es lo que quería decir cuando expresaba: “Pa­ra mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Fil. 1:21). La misma idea puede implicarse en las referencias de Jesús a la muerte como un sueño (Mr. 5:39; Mt. 9:24. Jn.11:11).

Hay algo que es seguro. Para aquellos que pertenecen a Cristo, la muerte no es una derrota. “Cuando esto corruptible se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la pa­labra que está escrita: “Sorbida es la muerte en victoria”. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:54-57). Esta misma nota de victoria en la muerte suena en Ap.l4:13; “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus traba­jos, porque sus obras con ellos siguen.”

LA DOCTRINA DE LA RESURRECCIÓN. La resurrección de Jesu­cristo puede ser considerada como el hecho más significativo de la historia de la humanidad. Ciertamente Pablo consideraba que así era, el hecho central de la historia del evangelio. “Y si Cristo no resucitó”, escribió, “vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe” (l Co. 15:14). Conti­nuó diciendo con seguridad: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (15:20).

Los autores del NT se cuidan de afirmar la verdad de que Jesús resucitó corporalmente de los muertos. Pablo refleja su preocupación en la primera parte de 1 Corintios 15, cuan­do declara que Cristo murió por nuestros pecados, fue sepul­tado y al tercer día se levantó de la muerte (v.3,4). Luego sigue diciendo que el Cristo resucitado fue visto por muchos de los discípulos (v.5-8). Cada uno de los cuatro evangelios tiene algo que decir sobre estas apariciones de Jesús después de su resurrección. Y Hechos comienza con un relato de los acontecimientos entre su resurrección y su ascensión.

A menudo surge la pregunta: “¿Qué clase de cuerpo será levantado de los muertos”? Esta no es una pregunta nueva. Fue hecha en el tiempo de Pablo (l Co. 15:35). Pablo respondió con la ilustración del grano de trigo que cae en la tierra, muere y luego surge a la vida en una forma nueva. Así será con la resurrección. El cuerpo de la resurrección será muy superior al cuerpo que fue colocado en la tierra, así como la espiga de trigo es superior a la semilla (l Co. 15:37 ss.). Entonces Pablo prosigue usando otras ilustraciones. Tal como Dios pro­vee el tipo de cuerpo necesario para cada lugar donde viven los animales, el mar, los bosques, las montañas, los desiertos, él puede proveer un cuerpo resucitado que se adecúe al mundo de la existencia eterna (1 Co. 15:38, 39,44).

En 1 Co. 15:42-50, el cuerpo resucitado es descrito de cuatro maneras: (l) Es incorruptible (no puede ser destruido):. (2) Es glorioso. (3) Es poderoso. (4) Es de naturaleza espi­ritual (sin embargo, debemos notar que es un cuerpo espiritual, no un espíritu en lugar del cuerpo)

En Fil. 3:20,21, Pablo habla del tiempo cuando el Señor cambiará »el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya”. En cierto sentido, esto será el reverso del proceso definido en Fil. 2:8 donde se dice que Cristo se humilló a sí mismo y adoptó un cuerpo te­rrenal. Ahora, el que cambió un cuerpo celestial por uno terrenal, cambiará los cuerpos de los santos de cuerpos terrenales en cuerpos celestiales.

Otra pregunta que se hace a menudo es: “¿Cuándo serán levantados los fieles de entre los muertos?”. Una vez más debemos ir a los escritos de Pablo buscando dirección. El dice que la transformación de un cuerpo al otro llegará de dos ma­neras: primero, los cuerpos de aquellos que han muerto antes del regreso del Señor serán levantados de la tumba. Y enton­ces aquellos que estén vivos cuando él venga, serán trans­formados en un instante. Pablo mismo admitió que este hecho está rodeado de misterio (1 Co. 15:51-54). No podemos saber todos los detalles de cómo y cuándo tendrán lugar estas cosas Ocurrirán al regreso del Señor. Y la Biblia no nos da fechas para ese magno acontecimiento.

¿Y qué en cuanto a la resurrección de los no creyentes? El NT dice poco sobre la resurrección de aquellos que no es­tán en Cristo Jesús. Sin embargo, Jesús sí habló del tiempo cuando todos los que estén en la tumba oirán su voz y saldrán (Jn. 5:28,29), tanto los buenos como los malos. En su defensa delante de Félix, Pablo se refirió a la resurrección de jus­tos e injustos, reflejando el pasaje de Daniel 12:2. Y agregó “Y muchos de los que

duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Hch. 24:15), Y Apocalipsis 20:12,13, que asocia las ideas de resurrección y juicio, implica fuertemente la idea de la resurrección de los justos e injustos por igual.

¿QUÉ OCURRE ENTRE LA MUERTE Y LA RESURRECCIÓN? Si la resurrección ocurre al regreso de Cristo, ¿cuál es la condición de aquellos que ya han muerto? Este asunto ha perturbado la mente de muchos que asisten a los funerales de sus seres queridos. Ellos preguntan: “¿Dónde están ahora?” De nuevo debemos decir que no sabemos todos los detalles. Lo que vemos ahora a través de la Biblia debe ser visto como “en un espejo, oscuramente”. Esto es todo lo que podemos decir basándonos en las Escrituras en relación al tema:

Los que están en Cristo están con Dios (Le. 23:43; Fil. 1:23), aun cuando estén separados del cuerpo (2 Co. 5:8). Esta misma verdad que los santos que han muerto están con Dios, está firmemente implicada en 1 Tes. 4:14, donde leemos: “Por­que si creemos que Jesús murió y resucitó, así traerá también Dios con Jesús a los que durmieron con él.

Están despiertos y plenamente conscientes. En la his­toria de Lázaro y el rico, en Lucas 16:22,23, ambos están plena­mente conscientes después de haber muerto. Apocalipsis 14:13 nos dice que los santos que han muerto están descansando. Y Mateo, Marcos y Lucas registran la aparición de Moisés y Elías a Jesús y sus discípulos durante la transfiguración de Jesús (Mt. 17:3, Mr. 9:4 y Lucas 9:30,33) Los malos están separados de Dios después de la muerte (Le. 16:23). Ellos también están en estado conscientes lo que ­posibilita que sientan el castigo (Le. 16:23 ss.; 2 P. 2:9).

“DESPUÉS DE LA MUERTE EL JUICIO“. En Hebreos 9:27, se nos recuerda seriamente que al fin todos los hombres estarán cara a cara con Dios en el día del juicio. El tema del juicio corre a lo largo de toda la Biblia, des­de el tiempo en que Adán y Eva fueron juzgados por su pecado (Gn. 3:14-24) hasta la escena del juicio del gran trono blan­co en Apocalipsis 20. “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo“, escribió Pablo y agregó: “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí” (Ro. 14:10-12). Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en el bien hacer, buscan gloria, honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia” (Ro. 2:6-8).

Una de las más vividas descripciones bíblicas del jui­cio salió de los labios del mismo Jesús: (Lea en su Biblia Mt. 25:31-46; Ap. 20:11-15.) La Escritura enseña con claridad que después del juicio, los justos recibirán su recompensa eterna y los malos su cas­tigo eterno (Mt. 25:46).